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Lola, contra el cáncer

Queremos contaros la historia de alguien muy especial para nosotros. Se trata de nuestra compañera Lola. Lola lleva varios años colaborando con nosotros en la captación de fondos y hoy nos quiere contar su experiencia como vendedora de productos solidarios para la lucha contra el cáncer.



Me llamo Lola, y llevo trabajando más de 5 años en la captación de fondos para la lucha contra el cáncer en calle y/o centros comerciales y hospitales.


Cada mañana, cuando pongo un pie en la calle para ir a trabajar, dejo de lado mis problemas, mis preocupaciones y me entrego por completo a la causa. Para mí es muy importante trabajar en la lucha contra el cáncer porque es un tema que tocó de cerca y cambió la vida de mi familia. Quiero poner mi grano de arena para evitar que le pase a otras familias como la mía.


Al llevar tiempo trabajando en esto, tengo el privilegio de elegir las zonas donde trabajo. Casi siempre estoy en la misma zona y las personas ya me conocen y me llaman por mi nombre: Lola la terremoto me dicen algunos, Lola la eterna sonrisa, otros.


Mi sonrisa es mi mejor aliada. A veces flaquea pero al final te das cuenta de que nada merece más la pena que hacer algo que te gusta, que aporta valor, y sobre todo, que da vida.

El trabajo es duro. En el momento en el que te pones el chaleco de trabajo para algunos te conviertes en una piedra que esquivar. Que no te miren a la cara, o te eviten, o que te digan “no” constantemente es lo de menos. Lo peor es aguantar comentarios hirientes de personas que por suerte no han tenido que enfrentarse a un cáncer nunca, y aguantarlos varias veces al día. Por suerte, los vendedores de calle estamos hechos de otra pasta. Saco mi mejor sonrisa, miro a los ojos a la persona y le agradezco su comentario hiriente e innecesario.


Así somos, hasta que algo no te toca, hasta que algo no te afecta de frente, no todo el mundo tiene esa empatía. Lo bueno de todo esto es que hay gente que siempre te devuelve la sonrisa, aunque no colabore, que siempre empatiza aunque no haya pasado una situación dura, que se acuerda de ti, que se fija en el logo que hay en tu chaleco y se preocupa por preguntar o averiguar más sobre lo que haces y sobre la causa.


Este trabajo también es emocionante. Emociona cuando hay madres y padres que saben tu nombre sin nunca haberlo dicho, cuando se acercan solo para saludarte o decirte que te echaron de menos un día que no estuviste en la misma ubicación. Emociona cuando alguien sale del hospital porque se ha curado y te dan las gracias por la labor que haces. Y también emociona cuando abrazar a una persona le da fuerzas para seguir de pie en la lucha contra la enfermedad de un familiar.


Sonrisas y lágrimas diarias y, sobre todo, mucha satisfacción por estar ayudando a personas que lo necesitan.


Me gusta mi trabajo y espero poder jubilarme recaudando fondos para que otras familias tengan mejor suerte que la mía. Seguiré con mi eterna sonrisa mandando fuerzas a quien las necesite en cualquier lugar donde esté.

Por suerte, los vendedores de calle estamos hechos de otra pasta.

Mi sonrisa es mi mejor aliada. A veces flaquea pero al final te das cuenta de que nada merece más la pena que hacer algo que te gusta, que aporta valor, y sobre todo, que da vida. Rendirse, nunca es una opción.


Lola.

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