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El trabajo tras el cáncer

Actualizado: jul 24

Hace casi tres años, me diagnosticaron un cáncer de colon. Todo parecía sencillo, y yo estaba tan seguro de mí mismo, que sabía que saldría por la puerta grande. Sabía que iba a salir bien, me quedaban aún muchas cosas por vivir.


Por decisión propia, fui a un hospital provincial. Estaba más cerca de mi casa, y así sería “más libre” para ir y venir a las revisiones cuando quisiera. Sin necesidad de molestar o pedir favores a nadie.


El día de la operación parece que todo fue un éxito. Yo me sentía bien, como cuando un torero sale victorioso. Sentía algunos dolores, pero me apetecía mucho hablar con la gente que se había preocupado por mí. Mi trabajo requería conocer a mucha gente, hablar con ellos y conseguir que los derechos laborales se cumplieran. No es por echarme flores, pero siempre he querido hacer muy bien mi trabajo y me he considerado una persona muy justa. Era capaz de conseguir lo inconseguible si era justo, pertinente y legítimo. Así me había ganado el respeto de mis compañeros, y de la mayoría de mis clientes cuando estaba en oficina y venían a solicitar un servicio.


El trabajo para mí siempre fue muy importante. Soy de los que piensan que no es necesario tener una carrera para ser un estúpido integral, y no se requiere tener estudios universitarios para ser inteligente. La materia prima es importante, pero también lo es el interés y las ganas de superarte a ti mismo, seguir aprendiendo, avanzar para ser mejor persona y evolucionar tu mente para saber estar a la altura, siempre manteniendo la honestidad como norma básica.

Empecé a trabajar cuando tenía 14 o 16 años y aunque he ido cambiando de departamento y ascendiendo, la empresa ha sido mi segunda familia.

He trabajado la mayor parte de mi vida. Cuando me diagnosticaron el cáncer, estaba deseando volver a trabajar. En parte por mantenerme ocupado y activo, y en parte porque volver suponía que ya estaba curado.


El primer problema fue cuando quise volver a trabajar. Yo quería, pero mi cuerpo y mi mente no estaban preparados.

Yo creía que estaba preparado para volver a la actividad, sin embargo eran más las ganas de volver por sentirme curado, que la realidad de la curación del cáncer. La empresa no quiso que volviera en ese entonces. Yo no lo entendí. Eso me afectó mucho a nivel psicológico.


Ese es otro tema. Tu mente trabaja a mil cuando te diagnostican una enfermedad así. O te hundes, o crees que puedes con todo. Y la realidad es que necesitas ayuda, aunque no lo demuestres. Aunque creas que no lo necesites, un psicólogo desde el inicio te ayuda mucho. Y no te puede hacer ningún mal. Me hubiese encantado que el médico me hubiese ofrecido ese servicio, al igual que me derivó al especialista.


Ese primer rechazo duró 8 meses. A los 8 meses, realmente ya estaba curado del cáncer y aunque físicamente no era el mismo, mi mente seguía teniendo esas ganas y ansías por seguir aprendiendo y seguir trabajando en aquello que me apasionaba. La empresa me acogió como cuando entré el primer día. Llevaba muchos años allí, y me consta que era una persona muy querida por todos. Pero no me reincorporé al puesto de trabajo que yo tenía. Y ese fue el segundo rechazo sin entender.


Estuve fuera casi dos años, y al igual que yo había cambiado, la empresa, los clientes y el negocio había cambiado. Mi puesto había cambiado, la estrategia había cambiado mucho y yo estaba totalmente obsoleto. La empresa estaba dispuesta a enseñarme, a dar todo de sí para que volviera a mi puesto. Pero yo tampoco era el mismo tras haber superado el cáncer.

Aunque no lo quise reconocer, me di cuenta de que no podía seguir el ritmo del nuevo puesto, pero no quise mostrar que era débil, a pesar de tener que pedir la baja temporal en un par de ocasiones.

El dueño de la empresa, que me conocía bien, lo vio claro. Ya no podía seguir trabajando, necesitaba una vida más tranquila, sin estrés, sin presiones, disfrutando de otro tipo de vida. Para mí fue el tercer rechazo. El que me hizo caer, y el que me hizo revivir.


No entendía nada. Había dado todo por esa empresa. Incluso estando malo había querido volver a trabajar y me lo pagaban así, invitándome a irme, proponiéndome solicitar una incapacidad permanente. No era la primera vez que lo oía. Mi familia, mis amigos, e incluso algún funcionario me lo habían dejado caer. Yo no quería. Me sentía activo, quería seguir comiéndome el mundo en el trabajo a pesar de que el cáncer había cambiado mi vida.


Ese último rechazo me hizo caer en picado durante mucho tiempo sin poder levantarme. Necesité mucha ayuda profesional para entender todo lo que estaba pasando a mí alrededor, entender que ya no era el que era antes, que mis prioridades debían cambiar. Porque al final, uno cambia con el paso del tiempo y esos cambios suponen reestructurar la casa de nuevo. Son como las mudanzas, que aunque te lleves los muebles a la casa nueva, no encajan en los mismos sitios y requiere que los reestructures, o que los deseches o reinventes.

En ocasiones, como cuando te diagnostican el cáncer, el cambio es forzado, y entonces cuesta más asumirlo, pero al final todo se acaba recolocando si pides la ayuda adecuada.

Después de todo, lo único que puedo decir es que he aprendido a valorar mi tiempo, apreciar el día a día, dedicarme a lo que realmente es importante para mí, respirar hondo, disfrutar de aquello que hago y dar la importancia justa a las cosas. A veces puedes hacerlo por ti mismo, pero otras veces necesitas apoyo profesional. Si es tu caso, no dudes y pide ayuda.



F.F.

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